Buenos Aires, 1851. El régimen del Restaurador de las Leyes atraviesa su hora más crítica. En este escenario de ocaso, el pintor Prilidiano Pueyrredón es convocado para una tarea que es, en realidad, un mandato político: retratar a Manuelita Rosas. La orden es tajante: el colorado punzó debe dominar la tela. Sin embargo, el artista busca imponer su visión estética por encima de la propaganda. La obra explora, desde el delirio y la ambición, los hilos invisibles que conectan el arte con el poder